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Qué suerte he tenido de nacer

1 comentario:
Qué suerte he tenido de nacer,
para estrechar la mano de un amigo
y poder asistir como testigo
al milagro de cada amanecer.

Qué suerte he tenido de nacer,
para tener la opción de la balanza,
sopesar la derrota y la esperanza
con la gloria y el miedo de caer.

Qué suerte he tenido de nacer,
para entender que el honesto y el perverso
son dueños por igual del universo
aunque tengan distinto parecer.

Qué suerte he tenido de nacer,
para callar cuando habla el que más sabe,
aprender a escuchar, ésa es la clave,
si se tiene intenciones de saber.

Qué suerte he tenido de nacer,
y lo digo sin falsos triunfalismos,
la victoria total, la de uno mismo,
se concreta en el ser y en el no ser.

Qué suerte he tenido de nacer,
para cantarle a la gente y a la rosa
y al perro y al amor y a cualquier cosa
que pueda el sentimiento recoger.

Qué suerte he tenido de nacer,
para tener acceso a la fortuna
de ser río en lugar de ser laguna,
de ser lluvia en lugar de ver llover.

Qué suerte he tenido de nacer,
para comer a conciencia la manzana,
sin el miedo ancestral a la sotana
ni a la venganza final de Lucifer.

Pero sé, bien que sé...
que algún día también me moriré.
Si ahora vivo contento con mi suerte,
sabe Dios qué pensaré cuando mi muerte,
cuál será en la agonía mi balance, no lo sé,
nunca estuve en ese trance.

Pero sé, bien que sé...
que en mi viaje final escucharé
el ambiguo tañir de las campanas
saludando mi adiós, y otra mañana
y otra voz, como yo, con otro acento,
cantará a los cuatro vientos...

Qué suerte he tenido de nacer.

Apoyate en mi

6 comentarios:

Apoya sobre mi hombro
si por acaso tuvieres
alguna duda lejana
que se haya vuelto rebelde
de tanto andar de puntillas,
hurgando por mis quereres;
que dudo yo que haya dudas
en tus soleados andenes.

Apoya sobre mi hombro
la soledad y el hastío
que te provoca la gente
que ve desde el graderío
tergiversadas las cosas
llamando lluvia al rocío,
vergüenza a una desvergüenza
y a un gran amor, amorío.

Apoya sobre mi hombro
la fiesta de la alegría,
cuando te abarca ese tiempo
de caminar distendida
por las aceras del aire,
sonorizando la brisa
con las campanas al viento
de tu inefable sonrisa.

Apoya sobre mi hombro
la esencia de tu esperanza
no olvides que soy un mago,
tengo chistera y templanza
y puedo hacer maravillas
con mi varita de plata
si vienes conmigo
allá, por donde yo vaya.

Apóyate, apóyate en mí
que te llevaré
adonde quieras ir.
Apóyate, apóyate en mí
y acompáñame
vamos a vivir.



Letra: Alberto Cortez
Música: Alberto Cortez

Traigo para ti

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Traigo para ti desde muy lejos
un traje de amapolas con lunares,
auténticos lunares de la luna,
con un cuello de garza sibelina
y un sombrero con plumas de ave fénix
plumas infantas del ave renacidas...

Traigo lápices de todos los colores
que robé en un descuido al arco iris
cuando andaba de uniones con las nubes.
y hasta diez pergaminos de abedules
donde pintar los cielos del estío
Había mar en la tierra donde anduve
y del mar te he traído algunas cosas
un pañuelo de nacar nacarado
y unas alas de peces voladores.

Negocié con Neptuno más no quiso
deshacerse por nada del tridente
sin embargo te envía un abanico
de coral vespertino y transparente
que hicieron hipocampos artesanos.
Mil erizos te envían alfileres
para tejer con sargazos un abrigo
que te abrigue de las brisas marinas
de la aurora boreal y de las prisas.

Te traigo este poema en que me traigo
a tus brazos desnudo todo entero,
es decir, sin secuelas del camino,
es decir, sin urgencias y en mis manos
te traigo el corazón que una gaviota
me entregó para ti por si quisieras
ir con ella a volar por el espacio
o al interior de alguna caracola
para escuchar al mar desde más cerca
traducir el idioma de las olas.



El amor desolado

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Yo puse el esfuerzo y ella la desgana
yo el hondo silencio y ella la palabra,
yo senda y caminos y ella la distancia
yo puse los ojos y ella la mirada.

Quise entre mis manos retener el agua
y sobre la arena levanté mi casa,
me quedé sin manos, me quedé sin casa,
fui raíz oscura, y ella tronco y rama.

Para que la cuenta del amor sumara,
ella puso el cuerpo, yo el cuerpo y el alma.
Era toda viento, yo todo montaña,
yo pura resina y ella pura llama.

Una noche oscura se fue de mi casa,
cegaron mis ojos para no mirarla,
para no seguirla cerré las ventanas,
clausuré las puertas para no llamarla.

Puse rosas negras sobre nuestra cama,
sobre su memoria puse rosas blancas
y a la luz difusa de la madrugada
me quité la vida para no matarla.

Yo lo puse todo: vida, cuerpo y alma,
ella, Dios sabe, nunca puso nada,
nada, nada.


Letra de Alberto Cortéz
Musica de José Dicenta Fernandez