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Cartas de Jorge Luis Borges a Roberto Godel

Jorge Luis Borges y Roberto Godel, se conocieron hacia 1909. Sus casas estaban separadas por apenas unas cuadras, en el barrio de Palermo. Ambos comienzan el secundario en el Colegio Nacional Manuel Belgrano. Amigos desde la infancia. En 1914,la familia de Borges parte a Suiza hasta 1921, tiempo durante el cual un joven Borges y Godel mantendrán una airada correspondencia.


Ginebra, Suiza.

Querido amigo:

He recibido tu carta fechada 2 de febrero. Te mando mi pésame por la muerte de tu abuelito. Aquí yo ando bastante bien, aunque siempre con ganas de volver a Buenos Aires. He dado mis exámenes de medio año y el profesor me dijo que a pesar de haber haraganeado seis meses, veía que había hecho un esfuerzo prodigioso y he sacado muy buenas notas. Aquí, como en Buenos Aires, todos odian a los alemanes o “bosches” como los llaman. En mi clase hay un muchacho de Alsacia- Lorena. Dice que los alemanes obligaron a su familia y a él a dejar el país. Por eso se ha venido a Ginebra. Hay en Suiza también una cantidad de refugiados belgas. Ginebra es el centro de la Cruz Roja. Bueno, basta de política. Mi hermanita, de tanto hablar francés, se confunde a cada rato hablando español y pone palabras francesas. Hace unas semanas, nevó y toda la calle quedó blanca. Era lo más lindo. Aquí en Ginebra no hay trineos pero en Friburgo, una ciudad en que hemos pasado unos días, los usan y los caballos llevan cascabeles en el pescuezo. Bueno, che, adiós. Saludos a tu familia y recibí un apretón de manos de tu amigo

Jorge L. Borges

P.D.: En Suiza son tan ignorantes sobre la R. Argentina que mi maestro me preguntó si yo había visto indios patagones y se quedó admirado cuando le dije que en mi país no había “enormes bandas de chevaux libres”...
¡Date cuenta!
Te mando estos versos “macaneados”

I I
Querido amigo Godel
ya tu carta he recibido
y veo ahí muy complacido
que has pasado al 3er. año
subiendo como Catáneo
hasta que llegues, amigo
a ser doctor archi-vivo
con hopalanda de paño.

I II

Montado en tu bicicleta
tu atraviesas la campaña
llevando con furia y zaña
el Pampero por delante
mientras que yo, principiante
Se me cortó la furia poética.

CHAU.
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Lugano, 1918

Mi querido amigo:

Acabo de recibir tu carta del 7 de setiembre y el recorte de “La Razón” por los cuales te agradezco mucho. Desde hace un mes nos encontramos en Lugano, en la Suiza italiana. Actualmente estoy estudiando con la intención de pasar mi examen de bachillerato en Francia, en el Midi o quizás en París. No esperamos más que el fin de la guerra (¡y no es poco, eh!) para irnos a Francia. Desde el punto de vista de la belleza pura, Lugano es una magnífica ciudad. El lago azul, las altas montañas formando un anfiteatro, la fila de edificios sobre el Quai, todo en fin. Y sin embargo, ¡oh compañero y hermano! estas bellezas no me inspiran más que spleen y hastío. Tú ni sueñas siquiera feliz habitante de tierras llanas, en la influencia deprimente que puede ejercer la proximidad de altos montes. Para expresarme fantástica y macaneadamente te diré que arrojan una sombra sempiterna sobre el espíritu, que cercan, oprimen, aniquilan, pulverizan, ahogan y aplastan.

Los luganenses me resultan antipáticos. Son italianos puros, guarangos, gritones, compadres. Al oírlos me parece que estoy en mi país. Las luganenses son muy morenas y muy cursis. Es una idiosincrasia pero a mí las morochas siempre me dan la idea de sucias. Sin duda pensarás que este malhumor mío ha de tener raíces hondas y desconocidas. Su explicación es sencillísima: he dejado en Ginebra una muchacha de la cual estaba empezando a enamorarme seriamente. Este viaje me ha obligado a romper bruscamente con ella. Siempre nos escribimos y yo le prometí estar pronto de retomo. Pero hablemos de otra cosa. Ayer he sido testigo de un pequeño incidente callejero. En una vidriera habían colgado un retrato más o menos idealizado del glorioso general Díaz. Se formó un grupo de gente. Una vieja desdentada y escuálida con facha alcahuetesca se detuvo ante la efigie heroica y exclamó: “Il nostro generale, quanto é bello!”...
Por hoy carissimo amici no tengo más que decirte. Me abruma un dolorazo de cabeza. Adiós y un apretón de manos de tu amigo tétrico.

Jorge Luis Borges

Poste Restante Lugano
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Palma de Mallorca
España - 1920

Salve, querido hermano!

No lograrás imaginarte la alegría que me produjo tu carta, que me ha encontrado en la sierra, en Valldemossa, donde he venido a pasar unos quince días, robinsoniano y solo. De Buenos Aires tengo unas veinte o treinta impresiones visuales en la cabeza y nada más. En compañía tuya descubriré otra vez América, recorreré los familiares parajes, veré todo con el ángulo de visión distinto de 20 años. Será una cosa rara para mí. Por el momento y aguardando mi éxodo a esa lejana tierra de promisión, aquí me tienes apoyado en un fatalismo más o menos ecuánime. Como el año pasado, hago largas caminatas por las montañas, leo mucha literatura moderna española, y compagino poemas, artículos y traducciones para Grecia que ha dado un notable brinco y aparece ahora en Madrid. Creo que tal vez juzgas con demasiada serenidad al ultraísmo. Lo que deseamos los ultraístas (y en los números más recientes de Grecia ya se destaca esta intención) es crear poesía enteramente sincera exenta de barroquismos y de retórica, es erigir cada uno de nosotros, sobre la realidad sensorial y tangible que nos rodea, una realidad más alta del espíritu. Claro que es muy difícil realizar este programa que acabo de esbozarte en cinco o seis líneas y a grandes rasgos ¡Es tan difícil adquirir esa visión desnuda y nueva de las cosas, esa visión sin reminiscencias y sin literatura ajena!

En punto de vida sentimental, nada, absolutamente nada. Aquí no conozco ninguna chica y las dos o tres muchachas ginebrinas que solían mantener correspondencia conmigo ya se han cansado y me han abandonado. Yo encuentro que han obrado lógicamente. La semana que viene llegan unas chicas al pueblo, a la misma casa donde yo paro. Veremos si resulta algo. El tiempo aquí exasperadamente caluroso. Anoche se declaró un incendio en una montaña sobre la costa. Diez mil pinos ardieron. Era una cosa imponente ver aquel cinturón de llamas alrededor del monte y reflejándose en el mar. Ya van unas quince horas y aún no logran detener el fuego.

Muchos saludos a tu familia.
Jorge Luis Borges te abraza largamente




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